La posibilidad y luego la necesidad de la humanidad de tener luz de noche empujó a un servicio básico: la iluminación. Esa necesidad, al llegar la industrialización y la urbanización, dio lugar a la creación de grandes industrias para proveerla. Precisamente, la industria petrolera primero y luego la eléctrica nacen de la posibilidad de llevar más, mejor y más barata a los hogares y las calles de los centros urbanos. Un remanente de esos orígenes se manifiesta hoy día, cuando menos en México, en el hecho de referir genéricamente a la electricidad como luz.
Ha sido la importancia de la iluminación como uso final de energía, en particular de la eléctrica, ha llevado a que, desde el establecimiento del horario de verano hace más de cien años (para ahorra el combustible usado para generar la electricidad que alimentaba a las lámparas incandescentes), hasta las acciones que se derivan de la crisis petrolera de hace cincuenta años, que ahorrar en o el hacer más eficiente la iluminación ha sido una parte primordial de las campañas para promover el ahorro de energía.
Hacia principios del siglo XX, más del 50% de la generación eléctrica iba a la iluminación. Hacia 1960, la iluminación representaba un menor porcentaje, en buena medida porque la electricidad ya tenía otros usos generalizados (particularmente en motores industriales y sistemas de refrigeración y confort térmico), representando entonces hasta el 20% del consumo eléctrico total en países industrializados. En México, su peso era mayor, llegando a cerca del 30%.
Sin embargo, el peso de la iluminación desde la perspectiva de la demanda coincidente del sistema (que es la que determina el tamaño de la capacidad instalada de un sistema eléctrico) siguió teniendo mucho peso, ya que su concentración de uso por las noches empujaba a que las horas de mayor demanda ocurrieran al llegar la oscuridad.
Pero todo cambió (o siguió cambiando más rápido) a partir de la crisis petrolera de los setenta, muy particularmente en la iluminación. La búsqueda de alternativas con menor uso de energía nos ha llevado a pasar, en los últimos cincuenta años, del predominio de la lámpara incandescente al de la lámpara LED, pasando por las compactas fluorescentes (las llamadas “ahorradoras”).
Este cambio ha significado que tener el nivel de iluminación que nos daba un foco de 60 Watts (el más común) lo logremos hoy día con un sexto (o menos) de la potencia y el consumo. En números, tener prendida por cuatro horas una lámpara con la cantidad de luz que nos da una incandescente de 60 W pasó de consumir un cuarto de kWh a menos de 0.05 kWh. Puesto en números anuales, pasó de cerca de 90 a 15 kWh/año. Puesto en términos de una vivienda con 8 de estas lámparas usadas 4 horas al día todo el año, pasó de 720 a 120 kWh/año.
Aquí es importante anotar que, para 2015, el 80% de las lámparas instaladas en los hogares mexicanos ya eran ahorradoras y que actualmente las Led dominan el mercado, lo que implica que estos números pueden considerarse aplicables para la gran mayoría de las viviendas.
Para dar tres referentes como comparación, una vivienda en clima templado (el 55% de los usuarios de CFE) consume hoy día un promedio de 1,000 kWh/año, mientras que un refrigerador mediano de modelo más o menos reciente (ya con eficiencia energética) consume cerca de 1 kWh/día (o 365 kWh/año) y viviendas en clima cálido consumen, en promedio y solo para climatización, la misma energía (1,000 kWh/año) que lo que consume una en vivienda en clima templado.
En resumen, la iluminación ya no es, por el consumo de energía que ahora representa, el uso final de energía más importante en las viviendas de México. Lo es, por supuesto, por el servicio que representa.
Precisamente, este proceso ha llevado a que, en términos energéticos, el Horario de Verano haya perdido valor como medida de ahorro de energía, pero también como medida de reducción de la demanda en las horas pico del sistema eléctrico.
Por todo lo anterior, en estos días en los que se ha festejado el Día Mundial de la Eficiencia Energética y siempre que hay campañas de concientización para ahorrar energía por múltiples organismos y organizaciones, el que la primera recomendación sea apagar la luz, me hace pensar en que se promueve más un mito que una acción de impacto energético relevante.
No obstante, el apagar la luz al salir de un cuarto sigue teniendo un enorme valor para que nuestras conductas no pierdan la disciplina de evitar el desperdicio donde se pueda, aunque sea poquito.
Eso sí, no puedo evitar preguntar ¿y el aire acondicionado, apá? Para mí, y quienes me han leído por muchos años saben de mi opinión, ese es el tema…




