Preparada para el Banco Interamericano de Desarrollo. Enero de 2006.
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La energía que mueve a la economía se presenta y se mueve, hoy día, en forma de combustibles y electricidad. Este flujo, a su vez, es posible hoy día gracias a la existencia de un sistema interconectado y muy complejo, en muchos sentidos de alcance planetario, de fuentes de suministro, plantas de transformación, redes de transporte (en forma de líneas de transmisión, tuberías que transportan gases y líquidos y vehículos especializados que su mueven por mar y tierra) y sistemas de suministro final (como la red eléctrica que llega a los hogares o las gasolinerías).
En un contexto dinámico como el de la economía actual, que está cada vez más globalizado y hace cada vez más interdependiente a los países y a las regiones, los fenómenos económicos, sociales, políticos y/o climáticos de un país o región tienen impacto más allá de los lugares donde ocurren. De esta manera—y como ya ha ocurrido en diferentes magnitudes en los últimos años—un huracán en una zona petrolera mayor puede llevar a que los precios de la gasolina aumenten en todo el planeta. También, el crecimiento acelerado de una economía mayor puede reducir los márgenes de la oferta de energía para el resto del mundo y llevar a la alta en sus precios en el mercado mundial. Igualmente, un desacuerdo político entre dos naciones puede afectar el flujo de combustibles a varios países.
Por lo mismo, ya no es posible asegurar completa y permanentemente el suministro de energía en los volúmenes que se requieren ni en los precios que más convienen a las economías nacionales y a la economía internacional.
Así, un país y su estabilidad económica y social pueden ser amenazados por fenómenos fuera del control de su gobierno. Sin embargo, como lo han demostrado diversas experiencias en los últimos años, las sociedades de los países pueden organizarse para responder a estos eventos y tomar, en una buena medida, control de los efectos.
Por supuesto, para que las respuestas ocurran a tiempo y sean adecuadas, los gobiernos nacionales y sus organizaciones supranacionales tienen que estar alertas y preparados para identificar y actuar ante estos cambios y así reducir los posibles efectos que pueden tener en sus contextos de acción. Por lo mismo, en lugar de esperar a que ocurra una emergencia mayor, es muy recomendable iniciar cuanto antes los trabajos de diseño de este tipo de planes.




