En las últimas semanas, hechos en México y en el mundo han cambiado el panorama energético global y de México de una manera radical, inesperada y con altísimo grado de incertidumbre.
El ataque a Irán, su respuesta con drones y proyectiles afectando instalaciones principalmente asociadas a petróleo y gas del resto de los países en la Península Arábiga, y la suspensión de producción y de transporte de volúmenes que llegan a más del 20% del petróleo, gas y derivados que utiliza la economía global, le pegan a esta de manera que ya no es un proceso pasajero y perfila problemas de gran alcance de inflación y en la producción de alimentos.
En Asia y Europa se han tenido impactos inmediatos que han llevado a medidas de emergencia sobre la demanda que incluyen la reducción de actividad industrial en sectores intensivos en energía, el racionamiento de combustibles y subsidios a la gasolina y el diésel, acciones que atienden el corto plazo pero con implicaciones mayores en el mediano y largo. En esta línea, hace ya un par de semanas, la Agencia Internacional de Energía ha declarado que “el conflicto en Oriente Medio ha provocado la mayor interrupción del suministro en la historia del mercado petrolero mundial” y ha publicado el documento “Protección contra las crisis del petróleo”, que incluye un amplio conjunto de medidas para reducir el impacto en los hogares y las empresas, dirigidas principalmente al transporte.
En el propio Estados Unidos, que hoy día presume de independencia energética, el hecho de que el petróleo sea un “commodity” sujeto a precios internacionales ha llevado a un aumento de precios de más de 30% en la gasolina, que ha hecho repuntar la inflación en un año en el que se renueva el Congreso y varios escaños del Senado, perfilando la pérdida del dominio republicano de esas dos cámaras, lo que significaría un profundo debilitamiento del gobierno de Trump en los dos últimos años de su período presidencial.
En México, “manchitas de petróleo” en playas del Golfo de México se fueron sumando para mostrar un derrame petrolero mayor que, pareciera, resultó de problemas de mantenimiento en instalaciones petroleras de Pemex mar adentro. Al mismo tiempo, incendios y “fugas de vapor” en la recientemente inaugurada refinería de Dos Bocas, indican problemas de diseño y operación en la más moderna instalación de Pemex. Esto, hay que añadir, en un contexto donde la petrolera nacional ha recortado gastos para poder atender su significativa deuda.
Al mismo tiempo, para un país que importa en 40% de la gasolina que consume y donde el tema de su precio es políticamente muy sensible, esta importación desde Estados Unidos con precio elevado presiona a las finanzas públicas que, ya muy estiradas por programas sociales, baja recaudación y mantenimiento de megaproyectos públicos con grandes pérdidas, buscan aislar a los automovilistas del impacto en sus bolsillos y donde, por cierto, pueden complicarse para las finanzas públicas si el último incendio en Dos Bocas limita o detiene la producción de gasolinas.
En este contexto, presionado por la alta dependencia del gas natural importado, el gobierno mexicano anuncia que se establece un grupo de expertos para la explotación de posibles grandes yacimientos de gas natural a través la fracturación hidráulica (fracking) bajo la lógica de que se puede hacer con técnicas de “bajo impacto ambiental”, lo que, muy rápidamente, ha abierto un debate mayor dentro y fuera del régimen.
Dentro del régimen, porque era algo que la anterior administración (de la cual esta es continuidad) lo rechazó, y porque, inevitablemente, van a tener que traer capital privado (seguramente americano), que ha sido satanizado por numerosos actores del movimiento que los trajo al poder, quienes tendrían que alinearse para apoyar este radical cambio de política pública.
Fuera del régimen, por el tema ambiental, y que ya tiene en pie de lucha las mayores organizaciones ambientales de México, quienes han tardado muy poco en posicionarse en contra y que traen en la mano una lista larga de argumentos válidos para rechazar este cambio de política.
Para que se convierta en realidad, lo que viene implica, para el gobierno, liderear y guiar un proceso de años que requiere un equipo con enorme capacidad y recursos técnicos, políticos y económicos que, junto con aliados naturales (que pueden incluir al sector privado mexicano y a empresas norteamericanas con capital y gran experiencia en el tema). Esto se perfila como un reto mayor, donde la capacidad técnica y política del régimen no parece estar a la altura de un reto de este alcance y magnitud.
Estamos pues, ante un escenario sumamente complejo e incierto y, cabe añadirlo, en un sector que invierte, opera y funcionar en plazos de décadas, no de semana en semana como se presentan hoy las cosas.En fin: “Cosas veredes, amigo Sancho, que farán fablar las piedras.”



